
Pocas ciudades logran que el pasado y el presente convivan con tanta armonía como Roma. En esta toma, el imponente Castel Sant’Angelo observa en silencio cómo los remeros cortan las aguas del río Tíber, ajenos al paso de los siglos que guardan esos muros.
Me encanta cómo el azul vibrante del cielo contrasta con los tonos ocres de la piedra caliza. Es un recordatorio de que, aunque los monumentos sean eternos, la vida en la calle —o en el agua— siempre está en movimiento, ofreciéndonos una perspectiva fresca de los lugares que creemos conocer de memoria. Documentar estos viajes es, al final, atrapar un segundo de vida en un escenario de hace dos mil años. 📸✈️
Para esta toma, utilicé mi fiel Fujifilm X-T3, que siempre logra esa textura y color tan especiales que busco en mis recorridos urbanos.
¿Cuál es ese rincón del mundo que nunca te cansas de fotografiar? Te leo en los comentarios. 👇